jueves, 10 de febrero de 2011

Viento del sur

Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne,
tiayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.
Pones roja la luna
y sollozantes los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
Aire del Norte,
¡oso blanco del viento!
llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante,
¡oh pulidor de estrellas!
pero vienes demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón
Brisas, gnomos y vientos
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.
Las cosas que se van no vuelven nunca
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡es inútil quejarse!
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.

Federico García Lorca                         



                Recuerdo la primera vez que te escuché este poema. Estábamos en nuestra pequeña mesa redonda de la cocina, hasta me acuerdo de ese mantel naranja con flores azules que solíamos poner siempre; con esa tenue luz que lo inundaba todo en un tono amarillento, sin dejar ver ni tan siquiera lo que estábamos comiendo del plato, ya que cada uno le hacíamos sombra. Ya se había pasado esa divertida época en la que cambiabas los canales con el “mango a distancia”, ese rudimentario artefacto que para muchos sería un simple palo, pero que para nosotros era la forma más simple y siempre emocionante de cambiar los canales de la televisión sin necesidad de levantarse.
                Aquel día había sido largo y, ambos cansados, estábamos en ese estado de ánimo en el que le dices a todo que sí y pones una sonrisa dulce, escuchando esos pequeños comentarios que el otro te cuenta casi en un susurro acerca de pequeñas cosas insignificantes que le han sucedido a lo largo del día. Y es curioso que esos pequeños momentos sean los que en realidad más aprecies y al final recuerdes. No teníamos nada más que decir, estábamos ya callados, a punto de irnos cada uno a nuestra cama, cuando me recitaste este poema. Maldito hombre, con tu grave voz, que haces que se me pongan lo vellos de punta de recordarlo; las palabras fluían como un manantial incesante desde tu pecho, dejando escapar tan solo el aire necesario que hacía de ese poema una canción dulce y maravillosa, pero también antigua y sabia, como la que podría salir de un viejo libro, cerrado durante años y vuelto a abrir por la misma página en la que fue dejado ya hace tanto tiempo.
                Y lo cierto es que es uno de mis poemas favoritos, junto con tantos otros, que casi siempre tú antes me has recitado. Ese “Hombre oscuro” de tu padre y mi abuelo, esos “Tacones manchados de estrellas” y ese “Si me llamaras” de Salinas… Salinas… Qué grande.
                Como no hace mucho le dije a un amigo, eres alguien de quien puedo fardar (qué pensaría de mí ese amigo).
Para ti, mi poeta, mi sol, mi abrazo nocturno.

miércoles, 9 de febrero de 2011

...

Seguramente nunca sabré por qué al final me he decidido a hacer algo de esto, quizá sea simplemente por diversión o por el gusto de tener algo escrito, porque lo cierto es que me encanta escribir.
Pero es una sensación extraña la que siento ahora, si bien en varios sentidos es conocida. Lo cierto es que siempre que escribo es porque, por alguna cosa o por otra, me siento triste o decaída, o simplemente cansada de todo, y es curioso que hace tan solo un rato estaba contenta, hasta eufórica diría yo, cuesta entender que seamos de humor tan cambiante, que de repente te sientas tan mal… Pero a decir verdad al final siempre hay una razón, por banal que sea, puede que por un simple comentario o algún olor que te haga sentir nostalgia, por lo sucedido a lo largo de la semana; siempre hay una razón para todo, aunque ni siquiera nosotros mismos nos demos cuenta o nos atrevamos a percibir.
  Recuerdo que la primera vez que escribí algo en condiciones fue tan triste y descorazonador que se me abre el alma de tan solo recordarlo; tal vez algún día lo enseñe a todos, tal vez, pero no ahora. No por el simple hecho de enseñarlo, sino porque ahora ya no tiene sentido, y no es que haya dejado de ser verdad pero ya poca gente lo entendería y lo único que podría hacer ahora es abrir antiguas heridas que no estoy dispuesta a dejar sangrar.
 Y bueno, ahora es cuando la imaginación se va y te das cuenta de que lo que estás pensando en este momento seguramente digas mañana que no tiene ningún sentido, que menuda estupidez, y por eso quiero dejarlo hecho ya hoy, porque siempre digo que no. Mañana me levantaré otra vez contenta, pensando en un sueño quizá, no lo sé, tampoco se lo diré a nadie; me levantaré para sonreírle a todos aquellos a los que les gusta mi sonrisa. Aunque ahora esté triste mañana lo haré por ellos.