Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne,
tiayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.
Pones roja la luna
y sollozantes los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
Aire del Norte,
¡oso blanco del viento!
llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante,
¡oh pulidor de estrellas!
pero vienes demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón
Brisas, gnomos y vientos
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.
Las cosas que se van no vuelven nunca
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡es inútil quejarse!
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
Federico García Lorca
Recuerdo la primera vez que te escuché este poema. Estábamos en nuestra pequeña mesa redonda de la cocina, hasta me acuerdo de ese mantel naranja con flores azules que solíamos poner siempre; con esa tenue luz que lo inundaba todo en un tono amarillento, sin dejar ver ni tan siquiera lo que estábamos comiendo del plato, ya que cada uno le hacíamos sombra. Ya se había pasado esa divertida época en la que cambiabas los canales con el “mango a distancia”, ese rudimentario artefacto que para muchos sería un simple palo, pero que para nosotros era la forma más simple y siempre emocionante de cambiar los canales de la televisión sin necesidad de levantarse.
Aquel día había sido largo y, ambos cansados, estábamos en ese estado de ánimo en el que le dices a todo que sí y pones una sonrisa dulce, escuchando esos pequeños comentarios que el otro te cuenta casi en un susurro acerca de pequeñas cosas insignificantes que le han sucedido a lo largo del día. Y es curioso que esos pequeños momentos sean los que en realidad más aprecies y al final recuerdes. No teníamos nada más que decir, estábamos ya callados, a punto de irnos cada uno a nuestra cama, cuando me recitaste este poema. Maldito hombre, con tu grave voz, que haces que se me pongan lo vellos de punta de recordarlo; las palabras fluían como un manantial incesante desde tu pecho, dejando escapar tan solo el aire necesario que hacía de ese poema una canción dulce y maravillosa, pero también antigua y sabia, como la que podría salir de un viejo libro, cerrado durante años y vuelto a abrir por la misma página en la que fue dejado ya hace tanto tiempo.
Y lo cierto es que es uno de mis poemas favoritos, junto con tantos otros, que casi siempre tú antes me has recitado. Ese “Hombre oscuro” de tu padre y mi abuelo, esos “Tacones manchados de estrellas” y ese “Si me llamaras” de Salinas… Salinas… Qué grande.
Como no hace mucho le dije a un amigo, eres alguien de quien puedo fardar (qué pensaría de mí ese amigo).
Para ti, mi poeta, mi sol, mi abrazo nocturno.
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